Propuesta Educativa 36
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Antes de cualquier discusión. Vacantes y enseñanza para todos  

Quienes trabajamos en la elaboración de esta revista, hemos intentado a lo largo de sus diferentes números mostrar la complejidad de la problemática educativa y marcar la necesidad de superar las miradas simplificadoras, siempre propensas a encontrar un responsable y con ello una solución simple y salvadora. Estamos absolutamente convencidos de que la educación escolarizada está hoy en una encrucijada epocal generada por la confluencia de una serie de procesos, fenómenos y acontecimientos que la afectan fuertemente. Como ya hemos señalado en otras oportunidades, el cambio de paradigma cultural pone en cuestión las referencias que en este orden tiene la escuela y con ello sus tecnologías de enseñanza, su cosmovisión del mundo, el rol de los docentes, el supuesto de alumno en el que sostiene su propuesta pedagógica y sus expectativas en cuanto al entorno social y familiar en el que está inserta.   

La demanda por la inclusión de la totalidad de los miembros de las nuevas generaciones, profundiza la complejidad del momento y de las modificaciones que deben ser instrumentadas para poner la escuela en condiciones de dialogar fructíferamente con el mundo contemporáneo.  

Son desafíos difíciles que son objeto del estudio y trabajo de numerosos colegas que investigan para identificar los problemas y comprenderlos adecuadamente para generar un estado de conocimiento que permita construir alternativas superadoras de la inequidad del sistema y de su creciente pérdida de relevancia cultural.  

En el último año, muchas de las investigaciones empíricas que incluyen en su trabajo de campo entrevistas a alumnos de escuelas secundarias y, en algunos casos, de profesorados de diferentes latitudes del país, nos acercan una información de una simplicidad contundente. Los alumnos dicen que sus profesores no dan clase. No sólo porque faltan y pasan por largos períodos de licencia, sino porque cuando van utilizan el horario escolar para hablar de la vida y sus circunstancias y no de la disciplina que deberían enseñar. Por supuesto, toda generalización es abusiva y es muy frecuente también que los alumnos rescaten dos o tres profesores a quienes reconocen por su empeño y el compromiso en su tarea de enseñar. Pero estos últimos son, en el discurso de los alumnos, los menos.   

Se trata de un dato que transforma en superflua toda disquisición sobre las dificultades de la escuela contemporánea. La situación no es que los alumnos están poco interesados en las explicaciones de los profesores, no es que lo que se enseña tenga poca relevancia cultural, o que las tecnologías utilizadas para la transmisión no se correspondan con las actuales o que el discurso del docente no pueda ser entendido o procesado por el conjunto de los alumnos. No es que se supone un alumno receptor pasivo de un conocimiento que se presenta como verdadero e indiscutible, no se trata de un profesor que imparte una disciplina de un modo que es ajeno para la actual generación, no es que el método secuencial en el que se basa la transmisión escolar choca con la simultaneidad que es propia de la cultura de la imagen. Los alumnos no hablan de estas complejidades, que la investigación ha mostrado que también acontecen en la escena escolar, sino de algo mucho más simple y elemental: que sus docentes están poco presentes y cuando lo están no siempre dan clase.   La contundencia de este hecho, obliga a hacer un alto para preguntarnos por aquello que tal vez sea el huevo de la serpiente. No para esgrimir un dedo acusador que de ninguna manera ayuda a explicar ni da pistas sobre las causales de un fenómeno cuyo tratamiento es insoslayable para los investigadores, expertos, funcionarios, representantes gremiales y por supuesto los propios docentes.   

¿Qué es lo que ha hecho que una actividad que ha sido incluida entre las profesiones que, al ejercerse sobre los otros, requieren un plus de dedicación y cierta mística para su ejercicio, se haya transformado en un hacer sin sentido, en un transcurrir en el espacio áulico sin ninguna pretensión de imprimir nada en sus alumnos, de dejar una huella, de aportar algo a la biografía escolar de quienes están en su clase?   

Es difícil siquiera ensayar una respuesta, tal vez hay una sumatoria de elementos que se combinan para producir este fenómeno, pero nos animamos a pensar que éste no resulta ni de la extensión de su formación inicial ni del monto de sus salarios. Y, por lo tanto, ni el aumento de sueldo, ni de los años que transcurren en las instituciones de formación, pueden modificar este hecho.  

Habrá que pensar y ensayar hipótesis que motoricen investigaciones que nos permitan dilucidar esta cuestión. Habrá que exigir sinceramiento a docentes, directivos y gremios para encontrar una línea de acción. Desde este texto queremos dar un paso que es el de sumarnos a su público reconocimiento: hay una proporción importante de los docentes que no enseñan y esto sucede con más frecuencia en las instituciones públicas que, como ya hemos señalado en el editorial anterior, son institucionalmente débiles a la hora de regular las prácticas docentes. 

Esto significa que los afectados son principalmente los alumnos de los sectores populares, que en muchos casos son la primera generación de la familia que accede a la educación secundaria y, por lo tanto, todas sus posibilidades de aprendizaje están depositadas en la escuela.  

El segundo fenómeno que banaliza toda disquisición compleja sobre los problemas que hoy afectan a la educación es que el Estado, en cualquiera de sus niveles nacional o jurisdiccional, no provee todavía las vacantes que se necesitan para cumplir con la obligatoriedad escolar que exige la Ley Nacional de Educación. Faltan escuelas de nivel inicial y secundario en diferentes distritos del país. Hay un déficit importante de escuelas rurales y, por lo tanto, hay niños y jóvenes que no tienen ni siquiera la posibilidad de concurrir a una escuela.  

Sin duda, garantizar igualdad en materia educativa es una tarea difícil porque son muchos los factores que intervienen en su producción y algunos de ellos no pueden ser controlados por el Estado, las instituciones escolares y sus agentes. Proporcionar una vacante y un docente que enseñe es la expresión mínima de la obligación que tiene el Estado y el sistema educativo con los niños y jóvenes a quienes la ley les ha otorgado el derecho a la educación. Cuando esto no ocurre todo lo demás resulta superfluo. 

 

 

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  Año 21 / NOV / 2012.02
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